Había una vez un cánido desnutrido, perpetuamente frustrado, con un doctorado honorario en física aplicada al caos y una pésima relación con los bordes de los acantilados. Wile E. Coyote pasó décadas intentando saciar su apetito con un ave correcaminos hiperactiva, confiando ciegamente en el catálogo de productos defectuosos de la Corporación ACME. Anviques que se desprenden a destiempo, cohetes con deficiencias de fábrica, túneles pintados en rocas sólidas que mágicamente cobran materialidad para el ave pero se vuelven una trampa mortal de cemento para él. Cansado de ser aplastado, dinamitado y humillado ante el desértico paisaje de Nuevo México, el genio peludo decidió hacer lo que cualquier contribuyente frustrado haría: buscar un buen bufete de abogados y demandar corporativamente. Y la jugada no pudo salir mejor, porque según los reportes del jugoso debut de la película en el portal de las críticas exigentes, esta joya animada se alzó con un impecable 100% en Rotten Tomatoes que dejó a más de un ejecutivo con la boca abierta.
La travesía de esta cinta no fue un camino de rosas, sino más bien un trayecto a bordo de unos patines propulsados por dinamita pura que amenazaban con estallar antes de ver la luz del día. En una jugada contable que hizo llorar a los fans de la animación clásica, los altos mandos de Warner Bros. decidieron en su momento archivar el proyecto por completo para cobrar un jugoso beneficio fiscal, un destino trágico que parecía condenar al olvido a Wile E. y a su entrañable abogado interpretado por el carismático Will Forte. Sin embargo, la presión popular en redes sociales y la furia colectiva de Internet obraron el milagro. Tras intensas negociaciones, Ketchup Entertainment rescató la película de la morgue de los estudios por una cifra estimada en cincuenta millones de dólares, otorgándole el estreno en la pantalla grande que tanto merecía. Y la campaña promocional no pudo ser más cínica ni divertida, adoptando con orgullo el eslogan de "la película que ACME no quería que vieras".
Lejos de ser un simple cortometraje estirado a la fuerza, la propuesta dirigida por Dave Green toma como inspiración el brillante ensayo humorístico publicado por Ian Frazier en la revista The New Yorker en 1990, transformándolo en una comedia judicial al estilo de las grandes batallas contra corporaciones multinacionales. Por un lado tenemos al defensor público de causas perdidas Kevin Avery representando al desamparado Coyote, y por el otro al imponente abogado corporativo Buddy Crane, encarnado con maestría y mucha vis cómica por un desatado John Cena. Los críticos que asistieron a las primeras funciones en convenciones y pases de prensa no escatimaron en elogios, catalogando el filme como un recordatorio entrañable, inteligente y desternillante de la edad de oro de los Looney Tunes, mezclando con maestría la acción real con una animación vibrante y desbordante de energía.
Lo verdaderamente hermoso de este fenómeno crítico no es solo que una película repudiada por sus propios creadores originales haya resucitado, sino que encima sea genuinamente buena. Los primeros análisis señalan que la cinta funciona a la perfección porque no se limita al chiste rápido de pastelazo, sino que inyecta un genuino corazón y una crítica bastante afilada a la deshumanización corporativa y la irresponsabilidad comercial moderna. Ver al Coyote ganar su día en la corte se siente como una victoria personal para todos los que alguna vez se han sentido estropeados por un producto que prometía el cielo y entregó un petardazo. Con cameos sutiles de leyendas animadas como el Pato Lucas y Bugs Bunny rondando por los pasillos del juzgado, la propuesta equilibra la nostalgia pura con un ritmo moderno y filoso que atrapa a grandes y chicos por igual.
Con las calificaciones iniciales tocando el cielo y el entusiasmo del público escalando a niveles estratosféricos rumbo a su llegada oficial a las salas de cine este 28 de agosto, el panorama no podría ser más prometedor para el eterno perdedor del desierto. Queda claro que la jugada maestra de los distribuidores independientes y la resistencia de los realizadores valió cada gramo de plomo y cada caja de resortes defectuosos. Ya no se trata meramente de ir a ver una curiosidad cinematográfica salvada de la quema fiscal, sino de celebrar en comunidad una auténtica victoria del arte sobre los recortes de los contadores. Así que prepárense para escuchar el silbido lejano del Correcaminos, porque por una vez en la historia, Wile E. Coyote tiene las de ganar y nosotros los espectadores somos los únicos que nos llevamos el premio mayor.